jueves, 3 de octubre de 2013

Diario de un extuitero comunista

 "Y así fue como Raúl se borró el Twitter, pero se quedó con la gente guay que había conocido ahí y con las cosas buenas que tiene. A la que más echaré de menos es a Cospedal."

Primer día de mi ida de Twitter. Ha sido bastante gracioso porque la gilipollez de show que me monté de despedida me hizo perder chorrocientas horas de estudio, horas de estudio que obviamente tuve que recuperar por la noche (empalmando) y en clase me quedaba dormido y copiaba lo que soñaba en mis apuntes.

Gilipolleces de mi vida diaria aparte, lo cierto es que la desconexión me está sentando bien. Mi perfil de Twitter había degenerado mucho y no sé muy bien ni cómo. Desde la primera idea que me vino hace un par de años de hacerme Twitter "para ver lo del 15M", mi perfil degeneró a una búsqueda del RT y el FAV, a una necesidad de complacer a los demás con basura intelectualoide sin ninguna carga argumental más que la consigna o el sarcasmo barato. Que tenía debates interminables de besugo, con gente de derechas o de izquierdas, fachas o comunistas, feministas, anarquistas, pero que tenían un grave problema llamado efecto Duhning-Kruger, que creían que tenían una superioridad intelectual y una formación de doctorado en todas las áreas del saber, cuando en realidad su formación era decente y en un campo muy reducido. Pero claro, tú te tienes que callar porque eres un puto rojo autoritario, machista-leninista, niñato elitista, paternalista y reformista, que no tiene ni idea de qué habla y que debería morirse para que el mundo fuese mejor.

El feminismo y el comunismo no se trata de tener consignas vacías o tuits mordaces, se trata de cambiar día a día la conciencia de la masa social, para encaminarla a un fin que es el fin de la opresión de una clase sobre otra y el fin de la opresión de género. No es "ganar RTs y alimentar mi ego".

Y por eso, porque Twitter parece un patio de recreo de un colegio de párvulos, yo me piro. Creo que debo haber tenido una alienación muy grande al sobrevalorar tanto una gilipollez tan enorme como es una mierda de red social que para lo único que vale es para convocar manifas y para soltar frasecillas a modo de greguerías de Ramón Gómez de la Serna.

Y ahora, si me disculpáis, voy a ver el exterior de la cueva de Platón que ha sido mi vida.

jueves, 15 de agosto de 2013

Errores

¿Por qué es tán fácil cometer errores y es tan difícil, a veces, darse cuenta de que los has cometido? ¿Por qué es tan fácil enfadarse con la persona que te muestra el error en vez de darle las gracias por hacerte ver que vas en mal camino?

Todos hemos pasado la adolescencia, esa época de rebeldía por todo, de no hacer ni caso a nada ni a nadie, de ir a tu bola, de hacer lo que quieres, de comerte el mundo... pero es el mundo el que te come, porque fallas en cómo lo haces y no escuchas. No escuchas a tus profesores, no escuchas a tus padres, solo escuchas a tu ego y a tu vocecita interior que te dice que lo haces todo perfecto, que todo es genial cuando lo haces tú, que sigas así y que le follen al resto.

Personalidades individualistas, prepotentes, egocéntricas... pero, aunque se forman en la adolescencia, es triste que no desaparezcan del todo al madurar, que siempre tengas ese aire de superioridad que te hace odiar al que te muestra que no eres un dios sino un humano y que los humanos cometen errores, ese rencor que te acompaña, ese asco irracional que sientes hacia cierta gente por el simple hecho de haber visto tu error. 

El odio ciega, el odio no es racional, no es algo de humanos sino de bestias que tienen que ver el mundo de forma maniquea: si no eres mi amigo, mi adulador, el que me dice que lo hago todo bien y que siga así, eres mi enemigo. Es triste que veamos el mundo como negro o blanco cuando hay tantas tonalidades de gris, de amarillo, de azul, de verde, de rojo, de naranja... Tantas tonalidades que cambian cuando el sol se mueve por el cielo, cuando el tiempo pasa, cuando la luz se apaga...

sábado, 6 de julio de 2013

La gente es gilipollas

La gente es gilipollas. Esa es la conclusión que saco después de milenios de estudio. Millones de personas fingiendo cosas para ser aceptados mientras dicen que "a mí que la gente me acepte me la suda". Todo postura, todo mentira, todo asco. El mundo es una mezcla de mentirosos compulsivos intentando parecer grandes ejemplos a imitar y adorar y gilipollas integrales que siguen a esos mentirosos.

Miles de personas proclamándose dueños de una personalidad sin límites, de una individualidad rebelde, absoluta, casi dioses centrados en parecer auténticas nuevas modas cuando no dejan de ser lo de siempre: manipuladores de la mente que consiguen que un par de cerebros (o de cabezas sin ellos) les sigan el rollo.

¿Dónde quedó la simpatía verdadera o la rebeldía auténtica? ¿Dónde están esas personas amables y generosas, de las que lo eran por deber y no por moda o por apariencia? ¿Dónde están esos cabrones que destrozaban vidas porque querían y no porque "ser malo mola"?

Odio este mundo de mentira en que nadie tiene convicciones verdaderas, sino mentiras que seguir fingiendo y explotando para lograr la aceptación. Odio este mundo de absurdeces, en el que ser malote es guay y ser buenote es guay y, en definitiva, todo es guay y nada es guay. Odio este mundo de gilipollas, porque, amigos y amigas, la gente es gilipollas.

miércoles, 5 de junio de 2013

La Mujer Maravilla

"Nunca es fácil levantarse cada día cuando sabes que tienes que salvar el mundo otra vez". Laura siempre pensaba eso cuando veía su poster de Wonder Woman. Lo cierto es que ese trozo de papel no terminaba de gustarle, aunque se lo había regalado su  madre, una fan incondicional de la Mujer Maravilla, pero siempre había notado algo raro: ¿sería el sexismo que transmitía, el hecho de que llevase un lazo, lo de que tenía 20 kilos menos que ella? Quizá simplemente le parecía una frikada. Una frikada, eso sí, que le hacía reflexionar.

Desde que murió su abuelo, Laura se volvió introspectiva, demasiado celosa de su mundo interior como para compartirlo con los demás. Por las tardes, al volver del colegio, escribía sobre mundos fantásticos en los que ella era una heroína, no una heroína con un lazo, pero una heroína. Hablaba con dragones, luchaba contra gigantes, salvaba pueblos de ser masacrados por monstruos. En sus cuadernos todo tenía cabida, hasta la cosa más absurda, hasta las chicas guapas y delgadas que vestían ligeras de ropa y llevaban lazos justicieros.

Lo cierto es que le reconfortaba escribir. Se sentía libre. Podía impregnar esas palabras que creaba con un aire intimista y llenarlas de sus vivencias, de su día a día. Lo cierto es que le encantaba, pero sabía que no era lo "normal", que no tenía amigos, que no tenía novio, que sus padres no la comprendían... Solo sus historias daban algo de sentido a seguir viviendo en ese mundo vacío que la rodeaba. Solo sus historias podían llenar el hueco tan grande que tenía su vida.

Y ahí seguía ella, con sus cuadernos en un lado de la mesa del escritorio, con Wonder Woman en la pared y tirada en la cama, descalza, boca arriba, pensando. Pensando en la próxima historia que escribir. Pensando en el argumento, en los personajes, el escenario, la época, la trama y el desenlace. El desenlace era lo que más le gustaba y sobre lo que más reflexionaba. Le gustaban los finales felices e impactantes, con moraleja. Que enseñaban que la vida no era una mierda y todo puede acabar bien. Quizá lo hacía esperando que su vida cambiase. Quizá esperaba que sus historias se materializasen, salieran de sus cuadernos y ella se viese atrapada en miles de aventuras con un final feliz. Pero nunca pasaba.

Y así, pasó otra tarde más, pensativa, en la cama, sin hacer nada y sintió que había muerto otro poquito por dentro. Hasta que oyó aquel ruido en la cocina, como un disparo. Bajó corriendo las escaleras y fue hasta la cocina. La puerta, acristalada, estaba cerrada, pero a través de ella se veían manchitas de sangre que habían salpicado por dentro. Temblando, agarró la manilla y abrió despacio la puerta. Había un gran charco de sangre en el suelo y una mano. Una mano de mujer con una pistola. Era lo único que se veía desde ese ángulo, pero Laura vio la pulsera que le había regalado a su madre por su cumpleaños y supo quién era.

Se echó al suelo a llorar, pensando que todo era culpa suya, que era una mala hija, una niña sin amigos, sin vida, y esto le había costado la vida a su madre. Ahora entendía los llantos por la tarde sin venir a cuento, esos llantos de los que pasaba totalmente y que hacían que subiese el volumen de la música mientras escribía sus historias, para no desconcentrarse. Si hubiera hablado con ella, si no hubiera sido tan egoísta, si hubiera hecho un esfuerzo por hablar con gente y vencer su miedo al rechazo. Después de todo, la gente del colegio era simpática y ella no les había hecho nada, le aceptaban. Era una estúpida y su madre había muerto por ello. No podía vivir con la culpa. Cogió la pistola y apretó el gatillo.

Y despertó en su habitación, con el poster de Wonder Woman y los cuadernos, en la cama, descalza, boca arriba. Y supo que todo había sido un sueño, una historia más, pero que esta sí había cobrado vida, sí se había materializado. Y supo que esta también tenía una moraleja y podía tener un final feliz. Cogió el móvil y, después de veinte minutos, consiguió una invitación de unas chicas de clase a salir esa tarde por el centro. Fue a la cocina, dio un beso a su madre y le dijo que se iba con unas amigas.

El aire de la calle era más puro, el sol brillaba más, los pájaros cantaban más alegremente. Se sentía bien, se sentía guapa, se sentía querida, se sentía una verdadera Mujer Maravilla.

lunes, 3 de junio de 2013

Ruido

Ruido. Es lo único que escuchas. ¿Es ruido o es música? Solo el puto niño lo sabe. El hijo de los vecinos: “qué mono, qué rico”. Y una mierda. Si fuera tan mono ya se habría callado y me dejaría estudiar. Debería haber ido a la biblioteca, pero es que luego no estudio. Voy a mirar Twitter. ¿Un vídeo? Bah, la gilipollez de siempre. ¿Una foto? “Ola k ase”. Qué ingenioso, lo habrá descubierto ahora. Debería tuitear que la gente es estúpida. No, mejor dicho, debería estar estudiando.

Dos horas. Dos horas ya y no he abierto el libro. No pasa nada, tú concéntrate y ya está. “Las proteínas son...” una mierda. Eso es lo que son. A veces pienso que esta asignatura no vale para nada: nos preguntan lo mismo de dieciocho formas distintas y luego nos dicen que esto te vale de base, que ni te sirve para futuros años, aunque en realidad me gusta. Y el profesor es majo. Y... mierda, otra vez me he desconcentrado. Debería ponerme algún cartel en plan “¿Qué haces leyendo esto? ¡Estudia!”. Vale, empecemos otra vez: “las proteínas son...”.

Y no sé por qué pero ya han pasado tres horas desde que el puto niño hacía ruido. Y sigo sin estudiar. “No es culpa mía, mamá, es culpa de WhatsApp”. Y de Tuenti. Y de Facebook. Y de los Angry Birds. Eso, es culpa de los Angry Birds. ¿Por qué unos cerdos roban huevos de pájaros con superpoderes? Es culpa de los cerdos.

Debería ponerme música. Tumbarme en la cama, escuchar Mr Brightside de The Killers, recordar que a mí también me los ha puesto y olvidarla. Pero no, Luna es especial. Luna es cojonuda. Luna es la hostia. Luna debería desaparecer de mi mente ya, pero soy tan gilipollas que me pongo música para recordarla. Supongo que esto es el amor. Bonito amor kamikaze. Y yo: valiente gilipollas.

Vale, me voy a dormir. Que le follen al examen, que le follen al niño del vecino, que le follen a Luna y a las proteínas. El de Youtube de “Me cago en la Biología” tenía razón. Ahora solo hay que poner la cabeza en la almohada, cerrar los ojos y... Ruido. Siempre ruido. 

[Este relato me lo publicaron además en Oído Interno, la revista de los estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid]