Existe una creencia obsesiva por culpar al inmigrante de turno de los problemas que te ocurren. Ese malvado marroquí que tuvo que venir en patera, ese diabólico ecuatoriano que se dejó a su familia al otro lado del mar o ese demoníaco rumano que llegó con una mano delante y otra detrás tienen la culpa de la crisis, de que tú ahora tengas un sueldo de miseria o de que tu perrito haya muerto. Bromas aparte, el tema de la xenofobia es algo serio y yo, que suelo pecar de abogado del diablo, voy a intentar analizarlo de forma racional (no sin poner parte de mi opinión y mi estilo, claro está).
Muchos argumentos contra los inmigrantes son irracionales, fruto de una de esas maldades humanas llamada xenofobia. Todos hemos oído el de "nos quitan nuestro trabajo" o el de "vienen a robar", pero: ¿lo hemos comprobado tan exhaustivamente como para poder generalizar estas hipótesis a todo inmigrante con el que nos crucemos? La respuesta es un obvio No.
Los inmigrantes llegaron en una época de bonanza económica, en la que nosotros, los gallardos españoles, no manchábamos nuestras delicadas manos en trabajos con sueldos que nos parecían indignos y en los que, como se diría en mi pueblo, había que doblar el espinazo. No, definitivamente no. Nosotros éramos merecedores de, al menos, uno de esos cutres (y ahora tan deseados) trabajos mileuristas. Los trabajos de mierda los harían otros: los inmigrantes.
Un inmigrante no viene a buscar un trabajo a su medida, viene a trabajar. Simple y llanamente. A ganarse el pan que llevarse a la boca en el país extraño al que ha tenido que venir y, en la mayoría de los casos, a ganar también el pan que tienen que comer los familiares que se ha dejado en su país de origen. No solemos pensar en eso cuando, con ese odio irracional, soltamos ciertas barbaridades.
Pero no solo tienen que aceptar trabajos mierdas en España. En muchos casos es peor las formas en las que tienen que venir aquí: en una patera de mala muerte que puede romperse en cualquier momento y en la que tienen que pasar incluso días (sin comer ni beber) para llegar a la playa), saltándose las vallas de Ceuta y Melilla, viniendo ilegalmente y luego aceptando esos trabajos de mala muerte para poder quedarse y otras muchas penurias.
Además, existe el problema de los CIEs. Para el que no lo sepa, un CIE (Centro de Internamiento de Extranjeros) son unos "establecimientos públicos donde se mantiene a los extranjeros que tienen un expediente de expulsión". Vamos, una cárcel para futuros deportados. Pues bien, en estos centros se han dado ya muchas muertes, y muchos colectivos se han puesto a investigarlos, demostrando las irregularidades en cuanto a manutención de los internados (no se les daba de comer, etc) y en cuanto a su salud (tampoco se les daba asistencia médica), además del hacinamiento. Estos CIEs, a la vista de todas estas investigaciones, pueden recordar a más de uno a un campo de concentración.
En definitiva, ser inmigrante no es venir a robar, ni a quitar trabajo, es una lucha por la supervivencia, en la que tienes que agarrarte a un clavo ardiendo del que, como te descuelgues, puedes acabar recluído en uno de estos maravillosos CIEs, volviendo a tu país tan pobre como llegaste, o muriendo. No seamos tan irracionales y, en estos tiempos que corren, seamos algo más solidarios.

