miércoles, 5 de junio de 2013

La Mujer Maravilla

"Nunca es fácil levantarse cada día cuando sabes que tienes que salvar el mundo otra vez". Laura siempre pensaba eso cuando veía su poster de Wonder Woman. Lo cierto es que ese trozo de papel no terminaba de gustarle, aunque se lo había regalado su  madre, una fan incondicional de la Mujer Maravilla, pero siempre había notado algo raro: ¿sería el sexismo que transmitía, el hecho de que llevase un lazo, lo de que tenía 20 kilos menos que ella? Quizá simplemente le parecía una frikada. Una frikada, eso sí, que le hacía reflexionar.

Desde que murió su abuelo, Laura se volvió introspectiva, demasiado celosa de su mundo interior como para compartirlo con los demás. Por las tardes, al volver del colegio, escribía sobre mundos fantásticos en los que ella era una heroína, no una heroína con un lazo, pero una heroína. Hablaba con dragones, luchaba contra gigantes, salvaba pueblos de ser masacrados por monstruos. En sus cuadernos todo tenía cabida, hasta la cosa más absurda, hasta las chicas guapas y delgadas que vestían ligeras de ropa y llevaban lazos justicieros.

Lo cierto es que le reconfortaba escribir. Se sentía libre. Podía impregnar esas palabras que creaba con un aire intimista y llenarlas de sus vivencias, de su día a día. Lo cierto es que le encantaba, pero sabía que no era lo "normal", que no tenía amigos, que no tenía novio, que sus padres no la comprendían... Solo sus historias daban algo de sentido a seguir viviendo en ese mundo vacío que la rodeaba. Solo sus historias podían llenar el hueco tan grande que tenía su vida.

Y ahí seguía ella, con sus cuadernos en un lado de la mesa del escritorio, con Wonder Woman en la pared y tirada en la cama, descalza, boca arriba, pensando. Pensando en la próxima historia que escribir. Pensando en el argumento, en los personajes, el escenario, la época, la trama y el desenlace. El desenlace era lo que más le gustaba y sobre lo que más reflexionaba. Le gustaban los finales felices e impactantes, con moraleja. Que enseñaban que la vida no era una mierda y todo puede acabar bien. Quizá lo hacía esperando que su vida cambiase. Quizá esperaba que sus historias se materializasen, salieran de sus cuadernos y ella se viese atrapada en miles de aventuras con un final feliz. Pero nunca pasaba.

Y así, pasó otra tarde más, pensativa, en la cama, sin hacer nada y sintió que había muerto otro poquito por dentro. Hasta que oyó aquel ruido en la cocina, como un disparo. Bajó corriendo las escaleras y fue hasta la cocina. La puerta, acristalada, estaba cerrada, pero a través de ella se veían manchitas de sangre que habían salpicado por dentro. Temblando, agarró la manilla y abrió despacio la puerta. Había un gran charco de sangre en el suelo y una mano. Una mano de mujer con una pistola. Era lo único que se veía desde ese ángulo, pero Laura vio la pulsera que le había regalado a su madre por su cumpleaños y supo quién era.

Se echó al suelo a llorar, pensando que todo era culpa suya, que era una mala hija, una niña sin amigos, sin vida, y esto le había costado la vida a su madre. Ahora entendía los llantos por la tarde sin venir a cuento, esos llantos de los que pasaba totalmente y que hacían que subiese el volumen de la música mientras escribía sus historias, para no desconcentrarse. Si hubiera hablado con ella, si no hubiera sido tan egoísta, si hubiera hecho un esfuerzo por hablar con gente y vencer su miedo al rechazo. Después de todo, la gente del colegio era simpática y ella no les había hecho nada, le aceptaban. Era una estúpida y su madre había muerto por ello. No podía vivir con la culpa. Cogió la pistola y apretó el gatillo.

Y despertó en su habitación, con el poster de Wonder Woman y los cuadernos, en la cama, descalza, boca arriba. Y supo que todo había sido un sueño, una historia más, pero que esta sí había cobrado vida, sí se había materializado. Y supo que esta también tenía una moraleja y podía tener un final feliz. Cogió el móvil y, después de veinte minutos, consiguió una invitación de unas chicas de clase a salir esa tarde por el centro. Fue a la cocina, dio un beso a su madre y le dijo que se iba con unas amigas.

El aire de la calle era más puro, el sol brillaba más, los pájaros cantaban más alegremente. Se sentía bien, se sentía guapa, se sentía querida, se sentía una verdadera Mujer Maravilla.

lunes, 3 de junio de 2013

Ruido

Ruido. Es lo único que escuchas. ¿Es ruido o es música? Solo el puto niño lo sabe. El hijo de los vecinos: “qué mono, qué rico”. Y una mierda. Si fuera tan mono ya se habría callado y me dejaría estudiar. Debería haber ido a la biblioteca, pero es que luego no estudio. Voy a mirar Twitter. ¿Un vídeo? Bah, la gilipollez de siempre. ¿Una foto? “Ola k ase”. Qué ingenioso, lo habrá descubierto ahora. Debería tuitear que la gente es estúpida. No, mejor dicho, debería estar estudiando.

Dos horas. Dos horas ya y no he abierto el libro. No pasa nada, tú concéntrate y ya está. “Las proteínas son...” una mierda. Eso es lo que son. A veces pienso que esta asignatura no vale para nada: nos preguntan lo mismo de dieciocho formas distintas y luego nos dicen que esto te vale de base, que ni te sirve para futuros años, aunque en realidad me gusta. Y el profesor es majo. Y... mierda, otra vez me he desconcentrado. Debería ponerme algún cartel en plan “¿Qué haces leyendo esto? ¡Estudia!”. Vale, empecemos otra vez: “las proteínas son...”.

Y no sé por qué pero ya han pasado tres horas desde que el puto niño hacía ruido. Y sigo sin estudiar. “No es culpa mía, mamá, es culpa de WhatsApp”. Y de Tuenti. Y de Facebook. Y de los Angry Birds. Eso, es culpa de los Angry Birds. ¿Por qué unos cerdos roban huevos de pájaros con superpoderes? Es culpa de los cerdos.

Debería ponerme música. Tumbarme en la cama, escuchar Mr Brightside de The Killers, recordar que a mí también me los ha puesto y olvidarla. Pero no, Luna es especial. Luna es cojonuda. Luna es la hostia. Luna debería desaparecer de mi mente ya, pero soy tan gilipollas que me pongo música para recordarla. Supongo que esto es el amor. Bonito amor kamikaze. Y yo: valiente gilipollas.

Vale, me voy a dormir. Que le follen al examen, que le follen al niño del vecino, que le follen a Luna y a las proteínas. El de Youtube de “Me cago en la Biología” tenía razón. Ahora solo hay que poner la cabeza en la almohada, cerrar los ojos y... Ruido. Siempre ruido. 

[Este relato me lo publicaron además en Oído Interno, la revista de los estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid]

domingo, 2 de junio de 2013

Sonrisa de madre

Y despertó y estaba solo, como siempre. Eso no era novedad. Desde que habían muerto sus padres, él siempre estaba solo. No tenía amigos de verdad, solo un par de compañeros que no le pegaban, al contrario del resto. Nunca podía contarle sus problema a nadie, nunca podía llorar sobre el regazo de una madre comprensiva o el hombro de un colega casi hermano. Nunca podía sentir cariño ni afecto. Nunca... nunca podía hacer demasiadas cosas.

Excepto llorar. Llorar se le daba sorprendentemente bien. Después de todo, había practicado mucho: el día en que el profesor le sacó de clase y el director le contó que sus padres habían muerto, el primer día en que le empezaron a llamar bicho raro por leer mientras que el resto de niños jugaba, el día en que le pegaron el primer balonazo en el recreo sin venir a cuento, solo porque él no era como el resto ni quería serlo, ni podía... Demasiados llantos le habían convertido en un experto en llorar.

Tampoco es que pudiera hacer otra cosa al cabo del día. Desde que sus padres murieron le había tocado vivir con su tía, una buena mujer con algún que otro problema. Su tía había estado casada con un gran hombre, pero todo cambió cuando murió el niño que aún tenía en sus entrañas: el aborto cambió a su tío a un borracho que disfrutaba más del alcohol que de los paseos por el parque con los que solía sorprender a su mujer de vez en cuando. Su tía le dejó un tiempo después, harta de ser la segunda después de la botella y de los golpes cuando la botella no estaba, pero, por ironías de la vida, ella también había caído en el poderoso abrazo del alcohol, presa del deseo por sentirse querida, por sentir la felicidad que hubiera tenido en el pasado.

Se levantó y fue hacia el baño. Se miró al espejo y se colocó los tres mechones castaños que siempre se le descolocaban y miró sus ojos, ese verde con motitas marrones que había heredado de su madre. La mirada, esa mirada de amor con la que ella le agradecía cada día el beso de antes de irse dormir, esa no la había heredado. En su lugar, una mirada vacía y triste, de estas que transmiten las ganas de llorar. Eso era lo único que le quedaba.

Una cuchilla, un fino corte de la cuchilla que utilizaba para afeitarse cada mañana y todo acabaría. Quizá serían un par de horas de agonía, de sentimiento de vacío por la sangre que saldría de sus muñecas, pero no le importaba. No tenía a nadie que verdaderamente fuese a notar su pérdida. No tenía amigos, no tenía familia más que su tía y ella más bien solo tenía la botella. Nadie notaría ese pequeño corte profundo, esa sangre brotando de la herida, esa vida que se esfumaba poco a poco y que dejaba de llorar, de sentir pena, de ser una vida muerta para convertirse en una muerte verdadera.

Y cogió la cuchilla e hizo el corte. Y notó que la sangre brotaba, pero por fin notaba que tenía control sobre algo, sobre alguien.  Por fin sentía que podía controlar la situación. Nadie había decidido cortar, solo él. Nadie podía cortar la otra muñeca o vendar la herida o pedir ayuda, solo él. Ni el niñato que sacó a sus padres de la carretera, ni el borracho de su tío, ni la depresiva de su tía, ni los abusones que le había atormentado tantos años en el colegio. Nadie controlaba su herida más que él. Otro corte y la otra mano también comenzó a vaciarse.

Se sentó dentro de la bañera y vio cómo la sangre caía sobre sus pantalones, los vaqueros que le había comprado su tía hacía un año. Daba igual que se ensuciaran, no iba a volver a ponérselos nadie. Miró al techo y pensó en el colegio. Quizá aquella chica de pelo castaño que giraba la cabeza con rabia e impotencia cuando le hacían bullying sintiese su muerte, pero eso ya daba igual. Iba a experimentar un viaje sin retorno y estaba decidido. Fuera miedos y fuera castillos de ilusiones: lo único seguro es que iba a morir y que eso no le importaba. Y así, con este pensamiento, cerró los ojos y durmió.

Y despertó otra vez, pero ya no estaba solo. Las manos vendadas, un par de vías en el brazo, una manta de hospital tapándole a él y otra a su tía, sentada a su lado y dormida en una de esos sillones que ponen en los hospitales para los acompañantes. Parecía ser que estaba en el hospital. Podía controlarlo todo, pero se le olvidó cerrar la puerta del baño con llave. El control es imperfecto. Aún así vio que había otro error: no estaba solo en este mundo. Él no era el único con problemas y los había antepuesto a su tía, la mujer que había aceptado un empleo de mierda para pagarle los vaqueros que había manchado de sangre y que tenía tantos o más problemas. Ella no había intentado la opción fácil de desaparecer, había peleado e intentado seguir, aunque a veces fallase. Estaba dormida pero se le notaba el cansancio de haberse pasado la noche en vela. Esto hizo que él llorase.

La primera lágrima la despertó. Corrió a abrazar a su sobrino y, por primera vez desde hacía varios años, él vio en ella una sonrisa. Una sonrisa por saber que su sobrino no había muerto. Una sonrisa por saber que la persona a la que quieres está bien. Una sonrisa de madre.