lunes, 6 de enero de 2014

Divina Virtute

He encontrado a Dios. Pero no el dios de los libros sagrados de cualquiera de las religiones que ahora vagabundean algo de fe, ni el dios de la lluvia ni el viento, ni el de las plantas o los animales, ni siquiera sé si es dios o diosa. He encontrado la fe en algo, la verdadera sensación de pertenecer a esa voluntad creadora o moldeadora, de que tiene el poder de cambiar el carácter y que puede coger la más ínfima cantidad de mi ser y manejarme a su antojo, de que puede hacerme caminar entre brasas ardiendo o de hacerme volar con alas de cera, como Ícaro.

He visto cómo mueve montañas de opiniones y nubarrones de tristezas, cómo coge un jabalí de promesas fracasadas y lo desboca contra mi alma, de cómo utiliza los ladrones de alegría para hacerme caer en el olvido de la felicidad vacía, de cómo pincha un muñeco vudú para que sienta las punzadas en mi corazón.

Pero ese Dios no es otro que yo.

He visto cómo coge lo que quiero y lo aleja, pero también cómo lo atrae. He visto cómo mueve los músculos de mi cara en una mueca de tristeza absoluta, pero también en una mueca de sonrisa verdadera, de risa exageradamente real, en un beso de amor puro. He visto sus intenciones malévolas y melancólicas, le he visto llorar por no ser quien quería, le he visto reír por creer haber llegado a serlo. He visto cómo se miraba al espejo y se daba asco, pero también le he visto mirar sus ojos marrones y vislumbrar una línea verde, le he visto peinarse y guiñarse un ojo, le he visto sonreír ante los rayitos de sol marrón-verdosos que le iluminaban el alma. Le he visto comerse un filete y un donut y dos y lechuga y maldad y bondad y azúcar y sal. Le he visto levantarse y quedarse dormido. Le he visto ponerse un pantalón y una camisa y correr bajo la lluvia mientras se reía por lo tonto que era y lo que le gustaba. Le he visto pasar frío y calor, sentir un abrazo y sentir la necesidad de darlo. Le he visto leer en el metro. Le he visto mirar libros de política y de fantasía, en un intento de unir su realidad con el multiverso de su cabeza.

Le he visto ser un dios del amor y un dios de la venganza, pero ya nunca más le voy a ver lamentarse de ello.


sábado, 4 de enero de 2014

Gelida Mortem

Muerto de frío por cómo el mundo muere algo más cada día que pasa. Muerto, por cómo tu sociedad de apariencias y de engaños es cada día más falsa y triste, más oscura, más negra. Por cómo las sombras impías que te dicen que eres un perdedor te dejan sin el calor del triunfo, sin el fuego del éxito. Muerto por cómo tu reflejo no es la idea que tú tenías, por cómo no es ni siquiera una idea decente, sino una realidad absurda que odias y te asquea. Muerto por cómo te vuelven celos y miedos, oscuros recuerdos de tiempos de desesperación y voces de hojas gélidas y frías pasando por tu sangre y dejándote helado. Muerto por cómo tus metas van muriendo mientras tú sigues adelante, por cómo se te arrastra y tú no puedes parar el motor que te lleva a ese abismo lleno de cuchillas, a ese cóctel tóxico de bosques de hielo y de sangre, a esa calavera con dientes puntiagudos que te saluda y te acerca su guadaña al cuello, envuelta en una capa de alas negras. Muerto por cómo no puedes salir del ataúd que te has impuesto, por no poder quitarte el velo que tapa tu rostro esperpéntico, por no poder sollozar a la luna ni reírle al sol, por no ver montes, sino valles, por ser un ángel sin alas de cera porque la alegría de antaño se las derritió. Muerto por caer al abismo. Muerto por vomitar tus frustraciones en una porcelana fina de deseos rotos. Muerto por evocar tristemente esa balada gris. Muerto por lo verde y lo azul, lo rojo y lo morado, lo amarillo, lo gris, lo negro. Muerto por no querer lo que ya habías querido. Muerto por morir. Muerto por muerto.

La muerte es la vida y la vida es la muerte. O no. Pero eso te da igual cuando estás a oscuras en esta habitación con cadenas de hielo.

martes, 17 de diciembre de 2013

Quam interficere Diabolum

¿Te acuerdas de tu demonio interior? El que te hacía ser borde, el que te decía que intentaras pasar por un machote o por una persona de piedra que no sufre ni padece. Sí, ese que te decía que ser malo es bueno y ser bueno es malo, que no te dejes pisotear sin pisar tú después, que mates en vez de matarte. El que te decía con sus cuchillas de plata que hicieras lo que él quería, el que se posaba en tu hombro y te susurraba maldades. El que te miraba con deseo y le correspondías. La mano que mecía tus sueños impíos de violencia y de pasión. El que quemaba con lupa al resto del mundo.

¿No lo recuerdas? Era tu frustración por los sueños incompletos, los golpes etéreos por cada fracaso, la música diabólica que hacía que... bah, da igual, ya sabes de quién hablo, ¿no? Pues ha muerto. Disfruta de su cadáver frío, de cómo el silencio lo inunda todo, de cómo eres libre. ¿No querías eso? ¿No querías ser libre?

"No tienes un demonio interior, tienes una parte de tu vida resentida con algo. Cura ese algo y quítate el demonio. O abrázale. A él le da igual"

lunes, 16 de diciembre de 2013

Llantos secos

Estoy cansado de vacíos existenciales, de promesas incumplidas, de viajes astrales a un territorio gris y vacío. Estoy cansado de las noches en vela, de las madrugadas con sueño, de los viajes en esa bestia metálica y putera que se empeñan en llamar metro. Cansado de no ver el Sol, ni la Luna, ni las estrellas, ni ver cómo me bañan con su luz cálida o fría. Cansado de solo sentir el frío de la soledad y de no recordar casi lo que es un abrazo. Cansado de malgastar el tiempo aprendiendo descubrimientos de señores importantes, teorías de locos cuerdos e ingeniosas explicaciones de personajes ilustres. Estoy cansado de todo y de nada. De ser tú, de ser él, de no ser nadie. Estoy cansado de las sonrisas falsas, de mirar al espejo y no saber quién se refleja, de la espuma amarilla y los pliegues rosáceos, de la vida y de la muerte, de cada corte en el alma, de cada idea que se marchita, de cada promesa que se incumple y de cada viga que me aplasta. Estoy cansado de verte virtual y no ser tuyo en real. Estoy cansado de ser yo sin serlo. Estoy cansado de ser quien querría ser y no soy. Estoy cansado de las caretas amigables y las putadas inconscientes, de las puyas silenciosas, de los llantos secos. Estoy cansado de ver gente que podría haber sido y nunca seré, de ver cómo triunfan mientras yo fracaso, de perderme, de perderte, de perderos. Estoy cansado de cansar y de cansarme y de estar cansado. Estoy cansado de mirar el fuego y el hielo como a hermanos que pueden liberarme. Estoy cansado del triste sonido de un violín lastimero llorando elejías por mí. Estoy cansado de una brisa constante de incertidumbre y de vergüenza. Estoy cansado de deprimirme por todo y de secarme por los ojos y convertirme en piedra, de ser insensible, de ser inocente. Estoy cansado de la culpabilidad inventada y de las estupideces falsas. Estoy cansado de la sonrisa de arena que se lleva el más mínimo viento. De la tormenta interior. De las mariposas carnívoras. De los nervios de acero que se clavan en el estómago. De la risa malvada e impía que me llama y me acecha con sus colmillos de plata. Estoy cansado de la empatía y de la poesía, de la literatura lastimera y las novelas románticas, de la pobreza extrema del cuerpo y del alma, de todo y de nada.

Estoy cansado y no descanso porque la vida no me deja. Y yo soy la muerte.



domingo, 15 de diciembre de 2013

Celos

De cómo te mira y acaricia tu piel con su mirada. De cómo te desnuda lenta y suavemente, besando cada parte de cuerpo que queda de nuevo en contacto con el aire. De cómo intenta llegar a lo más recóndito de tu mente y tu corazón, a ese lugar especial y secreto, aislado, al que solo algunos hemos llegado después de mucho esfuerzo y confianza, después de hacerte ver que tú también puedes visitar el homólogo que guardamos dentro. De cómo intenta sustituirme, o robarme una parte de ti que tú ya me has dado, no gratis, sino cogiendo una parte de mí que yo también te he dado.

No sé si son celos o son miedo.

De perderte. De que te hartes de mí porque ya no te doy lo que antes. O no tengo tiempo. De no ser nuevo. De envejecer y echar a perder el valor que hacía brillar tu mirada. De no tener esa gracia que te provocaba una sonrisa perpetua. De no poder besar de nuevo tus labios, o tu cuello. De no poder desnudar mi alma junto a la tuya y llorar y reír y cantar y dormir y abrazarnos y soñar con un futuro juntos. De ser egoísta y atarte a mí cuando lo que yo quiero es tu felicidad. De creer que eres mía cuando debería creer que ambos somos de ambos. De cortarte las alas y no dejarte volar mientras esta tormenta lo destroza todo.

Y no quiero y no puedo y no debo.