¿Por qué es tán fácil cometer errores y es tan difícil, a veces, darse cuenta de que los has cometido? ¿Por qué es tan fácil enfadarse con la persona que te muestra el error en vez de darle las gracias por hacerte ver que vas en mal camino?
Todos hemos pasado la adolescencia, esa época de rebeldía por todo, de no hacer ni caso a nada ni a nadie, de ir a tu bola, de hacer lo que quieres, de comerte el mundo... pero es el mundo el que te come, porque fallas en cómo lo haces y no escuchas. No escuchas a tus profesores, no escuchas a tus padres, solo escuchas a tu ego y a tu vocecita interior que te dice que lo haces todo perfecto, que todo es genial cuando lo haces tú, que sigas así y que le follen al resto.
Personalidades individualistas, prepotentes, egocéntricas... pero, aunque se forman en la adolescencia, es triste que no desaparezcan del todo al madurar, que siempre tengas ese aire de superioridad que te hace odiar al que te muestra que no eres un dios sino un humano y que los humanos cometen errores, ese rencor que te acompaña, ese asco irracional que sientes hacia cierta gente por el simple hecho de haber visto tu error.
El odio ciega, el odio no es racional, no es algo de humanos sino de bestias que tienen que ver el mundo de forma maniquea: si no eres mi amigo, mi adulador, el que me dice que lo hago todo bien y que siga así, eres mi enemigo. Es triste que veamos el mundo como negro o blanco cuando hay tantas tonalidades de gris, de amarillo, de azul, de verde, de rojo, de naranja... Tantas tonalidades que cambian cuando el sol se mueve por el cielo, cuando el tiempo pasa, cuando la luz se apaga...
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