"Joder, ¿es que todo el puto mundo se ha vuelto gilipollas en este jodido lugar? ¡Tú, estúpida, traeme una jodida copa!", sir Ian McKellen.
Desde que vi Utopia lo de preocuparme tanto por cómo va el mundo como que me la sopla un poco más. No que me la sople, a ver, sino que como que ya tanto no duele: si vamos a morir inevitablemente, pues como que ya da igual. Al que quiera pillar de qué coño hablo, que se mire la jodida serie y no haga la herejía de hacerse un spoiler. Por favor, no te hagas spoiler.
He tenido una pesadilla. Teniendo en cuenta que se sueña varias veces en una noche y que muchas veces son pesadillas (gracias, neurofisiología, te odio tanto como te amo), no es un dato muy relevante. La cosa guay es que me he despertado cuando la vivía. Y digo vivir porque la estaba viviendo: no era un espectador pasivo que lo veía todo en tercera persona y no sentía ni pensaba; yo notaba el miedo que me estaba dando y cómo el pecho se me hundía.
La pesadilla iba sobre cómo me volvía a pasar lo de siempre: que malgastaba el tiempo y tenía que matarme a estudiar en el último momento para el examen. Catorce horas después de despertarme de ella, no parece que me haya hecho cambiar mucho.
Quizás un sueño no cambia lo que no han cambiado años.
Quizás alguien real lo pudiera cambiar. Quizás ya lo haya hecho. Quizás esté esperando a que yo lo haga.
Quizás la Neurofisiología descubra por qué somos tan gilipollas; la Filosofía ya lo ha hecho.
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