domingo, 2 de junio de 2013

Sonrisa de madre

Y despertó y estaba solo, como siempre. Eso no era novedad. Desde que habían muerto sus padres, él siempre estaba solo. No tenía amigos de verdad, solo un par de compañeros que no le pegaban, al contrario del resto. Nunca podía contarle sus problema a nadie, nunca podía llorar sobre el regazo de una madre comprensiva o el hombro de un colega casi hermano. Nunca podía sentir cariño ni afecto. Nunca... nunca podía hacer demasiadas cosas.

Excepto llorar. Llorar se le daba sorprendentemente bien. Después de todo, había practicado mucho: el día en que el profesor le sacó de clase y el director le contó que sus padres habían muerto, el primer día en que le empezaron a llamar bicho raro por leer mientras que el resto de niños jugaba, el día en que le pegaron el primer balonazo en el recreo sin venir a cuento, solo porque él no era como el resto ni quería serlo, ni podía... Demasiados llantos le habían convertido en un experto en llorar.

Tampoco es que pudiera hacer otra cosa al cabo del día. Desde que sus padres murieron le había tocado vivir con su tía, una buena mujer con algún que otro problema. Su tía había estado casada con un gran hombre, pero todo cambió cuando murió el niño que aún tenía en sus entrañas: el aborto cambió a su tío a un borracho que disfrutaba más del alcohol que de los paseos por el parque con los que solía sorprender a su mujer de vez en cuando. Su tía le dejó un tiempo después, harta de ser la segunda después de la botella y de los golpes cuando la botella no estaba, pero, por ironías de la vida, ella también había caído en el poderoso abrazo del alcohol, presa del deseo por sentirse querida, por sentir la felicidad que hubiera tenido en el pasado.

Se levantó y fue hacia el baño. Se miró al espejo y se colocó los tres mechones castaños que siempre se le descolocaban y miró sus ojos, ese verde con motitas marrones que había heredado de su madre. La mirada, esa mirada de amor con la que ella le agradecía cada día el beso de antes de irse dormir, esa no la había heredado. En su lugar, una mirada vacía y triste, de estas que transmiten las ganas de llorar. Eso era lo único que le quedaba.

Una cuchilla, un fino corte de la cuchilla que utilizaba para afeitarse cada mañana y todo acabaría. Quizá serían un par de horas de agonía, de sentimiento de vacío por la sangre que saldría de sus muñecas, pero no le importaba. No tenía a nadie que verdaderamente fuese a notar su pérdida. No tenía amigos, no tenía familia más que su tía y ella más bien solo tenía la botella. Nadie notaría ese pequeño corte profundo, esa sangre brotando de la herida, esa vida que se esfumaba poco a poco y que dejaba de llorar, de sentir pena, de ser una vida muerta para convertirse en una muerte verdadera.

Y cogió la cuchilla e hizo el corte. Y notó que la sangre brotaba, pero por fin notaba que tenía control sobre algo, sobre alguien.  Por fin sentía que podía controlar la situación. Nadie había decidido cortar, solo él. Nadie podía cortar la otra muñeca o vendar la herida o pedir ayuda, solo él. Ni el niñato que sacó a sus padres de la carretera, ni el borracho de su tío, ni la depresiva de su tía, ni los abusones que le había atormentado tantos años en el colegio. Nadie controlaba su herida más que él. Otro corte y la otra mano también comenzó a vaciarse.

Se sentó dentro de la bañera y vio cómo la sangre caía sobre sus pantalones, los vaqueros que le había comprado su tía hacía un año. Daba igual que se ensuciaran, no iba a volver a ponérselos nadie. Miró al techo y pensó en el colegio. Quizá aquella chica de pelo castaño que giraba la cabeza con rabia e impotencia cuando le hacían bullying sintiese su muerte, pero eso ya daba igual. Iba a experimentar un viaje sin retorno y estaba decidido. Fuera miedos y fuera castillos de ilusiones: lo único seguro es que iba a morir y que eso no le importaba. Y así, con este pensamiento, cerró los ojos y durmió.

Y despertó otra vez, pero ya no estaba solo. Las manos vendadas, un par de vías en el brazo, una manta de hospital tapándole a él y otra a su tía, sentada a su lado y dormida en una de esos sillones que ponen en los hospitales para los acompañantes. Parecía ser que estaba en el hospital. Podía controlarlo todo, pero se le olvidó cerrar la puerta del baño con llave. El control es imperfecto. Aún así vio que había otro error: no estaba solo en este mundo. Él no era el único con problemas y los había antepuesto a su tía, la mujer que había aceptado un empleo de mierda para pagarle los vaqueros que había manchado de sangre y que tenía tantos o más problemas. Ella no había intentado la opción fácil de desaparecer, había peleado e intentado seguir, aunque a veces fallase. Estaba dormida pero se le notaba el cansancio de haberse pasado la noche en vela. Esto hizo que él llorase.

La primera lágrima la despertó. Corrió a abrazar a su sobrino y, por primera vez desde hacía varios años, él vio en ella una sonrisa. Una sonrisa por saber que su sobrino no había muerto. Una sonrisa por saber que la persona a la que quieres está bien. Una sonrisa de madre.

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