Muerto de frío por cómo el mundo muere algo más cada día que pasa. Muerto, por cómo tu sociedad de apariencias y de engaños es cada día más falsa y triste, más oscura, más negra. Por cómo las sombras impías que te dicen que eres un perdedor te dejan sin el calor del triunfo, sin el fuego del éxito. Muerto por cómo tu reflejo no es la idea que tú tenías, por cómo no es ni siquiera una idea decente, sino una realidad absurda que odias y te asquea. Muerto por cómo te vuelven celos y miedos, oscuros recuerdos de tiempos de desesperación y voces de hojas gélidas y frías pasando por tu sangre y dejándote helado. Muerto por cómo tus metas van muriendo mientras tú sigues adelante, por cómo se te arrastra y tú no puedes parar el motor que te lleva a ese abismo lleno de cuchillas, a ese cóctel tóxico de bosques de hielo y de sangre, a esa calavera con dientes puntiagudos que te saluda y te acerca su guadaña al cuello, envuelta en una capa de alas negras. Muerto por cómo no puedes salir del ataúd que te has impuesto, por no poder quitarte el velo que tapa tu rostro esperpéntico, por no poder sollozar a la luna ni reírle al sol, por no ver montes, sino valles, por ser un ángel sin alas de cera porque la alegría de antaño se las derritió. Muerto por caer al abismo. Muerto por vomitar tus frustraciones en una porcelana fina de deseos rotos. Muerto por evocar tristemente esa balada gris. Muerto por lo verde y lo azul, lo rojo y lo morado, lo amarillo, lo gris, lo negro. Muerto por no querer lo que ya habías querido. Muerto por morir. Muerto por muerto.
La muerte es la vida y la vida es la muerte. O no. Pero eso te da igual cuando estás a oscuras en esta habitación con cadenas de hielo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario