sábado, 29 de diciembre de 2012

El primer día del resto de tu vida

Qué escribir, qué decir, qué llorar... Demasiadas preguntas, demasiadas cuestiones, demasiados enigmas que tratar. ¿Por qué escribir si nadie lo lee? ¿Por qué hacer algo si nadie lo ve? Decisión, necesidad, alegría, realización. Todo junto, todo separado. Miedo, angustia, desenfreno. Todo te llama pero por nada quieres caer. "Dos líneas y espaciado", repites en tu cabeza.

"Que no lo lea y le disguste. No quiero caer otra vez". Tic Tac. Otra línea leída. ¿Está bien o está mal? Eso nadie lo sabe. Sigue leyendo. ¿Eso es bueno o malo? Está bostezando. ¿Ha bostezado? ¿Por qué ha bostezado? Antes se ha pasado la mano por el ojo, quizá tenga sueño. O es un bodrio. No, un bodrio no es. Bueno, quizá. Ay, no sé. Bah, da igual.

Un, dos, tres: texto acabado. ¿Qué tal? ¿Bien o mal? No es preciso, no hace falta. "Que le haya gustado, que le haya gustado...", te repites otra vez. No está mal, no está bien, ni está fatal. ¿Qué más quieres? Es genial. No. No. No. No puedo aguantarlo más. O es perfecto o es una mierda, pero que lo diga ya. ¿Más tiempo? ¿Para qué?

Las gotas caen de la nube, se estampan contra la ventana y yo ya veo mi fracaso: "Escritor caído del cielo... se estrella". Empecé bien, acabé mal. ¿Para qué? Para caer otra vez. No quería. Sí quería. Ya ni lo sé. Pero esto es todo. Ya no quiero seguir. El teléfono está sonando. Da igual.

Cojo el gato, me meto en el baño y acabo con todo. Esta cuchilla no, que me da mal rollo, aunque, ¿qué más da? No voy a tener tétanos y me da igual cortar un tendón. Sí, esta y ya está. Un cortecito aquí, otro allá. Au, duele. ¿Y el gato? Para la vecina, ella lo querrá. Au, duele. ¿Por qué dos brazos? Ya dejo de verle la utilidad. Un pie en el agua. Otro pie. Joder, debería haberme quitado la ropa.

Dos minutos. Dos minutos ya. Esto es eterno y el teléfono no deja de sonar. ¿Me levanto y cuelgo? No, no pararían de llamar. "Vuelva usted a llamar mañana, que no está". No, demasiado irreal. Seguro que es del periódico. Este bodrio no me lo publican. ¿Por qué? ¿Por qué? Empecé bien, acabe mal. Típico de tragedia griega.

Estoy cansado. ¿Y si meto la cabeza bajo el agua? No. Además el puto gato ya ni está. Sabía que en la bañera no se metía, pero esperaba que me quisiera un poco. En fin, cerrar los ojos y esperar la muerte. Esa flecha impía que atraviesa a buenos y malos, ricos y pobres, gordos y flacos, feos y guapos, listos y necios. Echo de menos el calor de sus manos. Quizá si él estuviera habría podido escribir mejor.

¿Un WhatsApp a Pablo? No, demasiado idiota. ¿Qué escribir? "Hola, me he rajado, ven a por mí. Estoy en la bañera. Besis". No, no seas estúpido. Ya es tarde. Habrá conocido a otro. Déjalo. No puedo. Sí puedes. Duérmete. Tienes que dormir. Dormir para siempre. Eso quisiste. Sí, dormir para siempre...

¿Qué es esto? Estaba en la bañera y... ¿qué hago en la cama de un hospital? Ay, duele. Sigue doliendo. Pero se ve que está vendado. Supongo que alguien me habrá... ¿Ese es Pablo? Supongo que sería el que llamaba. Supongo que debería haber cogido el teléfono antes que al gato. Supongo que soy idiota. Supongo que sí.

Echaba de menos su sonrisa, sus caricias, sus besos en la mejilla. Soy un idiota. Ahora lo sé. Creo que sabe que no estoy dormido. Es demasiado idiota seguir fingiendo. Ya estoy harto. Harto de fingir con él, con el del periódico. Que sea un bodrio, da igual. No seas idiota, otra vez no. Ahora tienes otra oportunidad. Aquí empieza el primer día del resto de tu vida.

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